Publicaba ayer El País un reportaje titulado Lo que queda de los visitadores médicos.
En él se mantiene la tesis de que los recortes del Estado al gasto
farmacéutico incrementará el número de visitadores médicos en la lista
del paro. He consultado con alguno de estos profesionales de los que han
participado en mi libro Laboratorio de médicos,
que profundiza en el asunto a modo de relato, y estas son algunas de
las conclusiones a las que llegamos. El déficit público, que obligará a los médicos a la receta de genéricos
y a los farmacéuticos a dispensar el del menor precio, amortizará una
gran parte de los puestos de trabajo de los visitadores médicos.
Las propias fuerzas del binomio Estado-Mercado están arrastando fuera del escenario sanitario a una profesión que nunca ha ocupado una posición relevante
en el mismo porque a los laboratorios les ha interesado utilizar a los
informadores técnicos sanitarios como vendedores agresivos o gestores de
recursos en lugar de difusores de ciencia. El visitador es la célula de la fuerza de ventas de las empresas farmacéuticas, que en estrecha relación con el departamento de Marketing, tiene como objetivo influir en la capacidad de receta de los médicos
a través de recursos de diversa índole. Cobra por ello, aunque en su
contrato figure “informador técnico sanitario” o “visitador médico”.
Lo normal es que esta figura, “de dudosa legalidad”, según opina
algún ex delegado, acabase fuera del sistema y que no siguiera contando
con el beneplácito de la Adminstración. En otros países los medical liaisons son respetados, valorados y aceptados como nexo científico
entre profesionales que utilizan como herramienta de su trabajo
fármacos y las empresas investigadoras que, independientemente de los
beneficios que su actividad empresarial les reporta, tienen como
objetivo fundamental velar por la salud de las personas.
Lo que es inaceptable es que se siga permitiendo que los profesionales
de los centros sanitarios públicos sean bombardeados con publicidad y
marketing, incluso interfieriendo su labor de atención a los pacientes.
Por otro lado, la presión a la que se ven sometidos estos trabajadores por parte de sus empresas es cuando menos indignante
para una inmensa mayoría: presupuestos de venta inalcanzables,
frecuencia de visita que les obliga a infringir la normativa vigente,
horarios interminables, entrega de recursos como compensación de recetas
que infringe lo dispuesto en el Código Penal y en la Ley del Uso
Racional del Medicamento, etc.
Para el prescriptor, la figura del visitador médico no es imprescindible.
Está bien que los laboratorios vendan más con comerciales de carne y
hueso en la calle que no sean sustituibles por máquinas, pero la
realidad es que el médico puede realizar las actividades propias de su profesión sin la necesidad de recibir
a media docena de visitadores al día. La formación y la información,
que es lo que necesita un médico para desarrollar con eficiencia su
trabajo, la puede conseguir igual y, además, menos sesgada a través de
otros medios.
Respeto a que estas medidas puedan suponer un freno a la investigación es muy discutible. Precisamente, es la vía que tienen los laboratorios para ganar dinero durante 10 años.
Los precios de los medicamentos se supone que los estudiarán no sólo
para que la inversión se amortice en este período sino para ganar
dinero. Teniendo en cuenta todo lo que se van a ahorrar en Marketing,
van a tener muchos más recursos para Investigación más Desarrollo (
I+D). No obstante el Estado debería tomar más, mucho más protagonismo en
la investigación para llegar donde no quieren o no pueden las empresas
privadas.
Puede ser demasiado tarde para que los visitadores médicos
reinvindiquen sus derechos pero cuando lo hacen les va mucho mejor, como
sucede en Argentina, según me cuenta José Alberto Charreau de la Asociación de Agentes de Propaganda Médica del país.

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